Cuerpos andantes, sin alma, sin vida. Movidos más por la inercia que por algún fin. Y dentro de cada uno de ellos, en lo más profundo, habita un espíritu amortajado que quiere salir, liberarse de los yugos de necesidades creadas por una sociedad que se olvidó de vivir, de compartir. Maldita sea la hora en la que nos obligan a olvidar quiénes somos para “encajar” en un todo. ¿Cómo podemos ser eslabones si olvidamos nuestra identidad? No existe la verdadera elección de pertenecer o no. Y aquellos valientes que deciden oponerse son enclaustrados en un laberinto aislado y solitario. Confinados a la hipocresía, a la falsedad, a una máscara que poco a poco absorbe cada partícula de ti y te condena al olvido. Porque si olvidas quién eres en esencia, el voraz apetito de lo común te convierte en esclavo.
Un lugar donde la mente consigue aliviar la vorágine de ideas