Hay objetos que se convierten en tótems. Amuletos que detienen el tiempo. Símbolos que contienen más de lo que la mirada alcanza. En mi caso, es una lámpara. Para muchos, apenas un artilugio que emite luz. Coqueta, sí. Pero para mí… es mucho más. Es el punto exacto en el que la recompensa finalmente equiparó al esfuerzo. La enciendo noche a noche, sabiendo que no sólo ilumina mi habitación, sino el camino nuevo que estoy aprendiendo a habitar. No costó mucho, al menos no en lo material… pero vaya… el esfuerzo, el tiempo, las horas de insomnio, la energía mental, las estrategias trazadas, la inversión invisible. Esta lámpara enciende algo más que un espacio. Enciende el orgullo de saberme, por fin, vista.
¿Cómo le explico a mi sistema nervioso que ya no tiene que estar en alerta? Que puede relajarse. Que puedo respirar. Que puedo celebrar-me. ¿Cómo le traduzco a mi cuerpo que todo el esfuerzo… sí valió la pena? Que se transformó en ganancia. Que el camino, aunque incierto, sí estaba siendo sostenido. Que Dios caminó a mi lado, incluso cuando dudé. Que nunca soltó mi mano. Que el universo (silencioso) ya había decidido a mi favor. ¿Cómo le explico a mi mente que puede recostarse… y mirar? Que no todo es empujar. Que no todo es resistir. Que los colores son más bonitos cuando hay paz. Que ha llegado el momento de cosechar. ¿Cómo le cuento a mis hombros que se pueden soltar? A mi mandíbula, que no hay nada que sostener. A mis ojos, que ya pueden descansar del llanto. Al encuentro con Morfeo, que no necesita ser interrumpido. Que las citas a las 3 a. m. con mi mente pueden finalmente parar. Es hora de salir del fake it until you make it… porque, después de tanto andar, es...