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Antes del monstruo

Te veo. Tus heridas. Tu dolor. Las cicatrices en tu corazón. Fuiste forjada con fuego. Con implacables golpes. ¡Oh, diosa! Temida. Implacable. ¿De cuánto dolor está teñida tu historia? Detrás de cada Circe hay una historia de humillación, de violencia, de ser ultrajada, abusada. No aplaudo tus acciones. Son producto del dolor sin gestionar. Pero te entiendo. Son dos verdades que pueden coexistir. ¡Oh, diosa! Cuán diferente serías si hubieses sido aceptada por tu padre, Helios; acompañada por tus hermanos; comprendida por tu magia; amada de vuelta por Glauco. Si los navegantes hubiesen aceptado tu hospitalidad sin ultrajarte. Odiseo te vio a los ojos y divisó la profundidad de la herida. Tu sobrino, el Minotauro, otra monstruosidad que no decidió, solo es. ¿De cuánta sangre y dolor están descritas las proezas de los dioses?
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Volví a mí

Una llave tintineando. Abro la puerta y empieza el ritual. Saludo a mis bebés peludos. Me quito los zapatos. Estoy en mi lugar seguro. Mi casa no es un edificio. No es una estructura. Se acerca más a un templo. Un lugar donde las ceremonias tienen olor a café. Tienen maullidos y ronroneos. Tienen una colita perruna moviéndose de felicidad. Desde mi ventana se ve la majestuosidad del más puro verde. Entra luz. Se refleja en el piso. El reposo y la acción consciente coexisten bajo estas paredes. Tiene libros. Se escucha el trinar de las aves. Es una mezcla de lo natural con lo arquitectónico. El aire se llena de 963 Hz. Me conecto con lo divino. La luz de una vela ilumina etérea. Sonrío. Estoy bendecida. Soy abundante. Estoy en paz. Volví a mí.

Las venas del planeta

Suenan los propulsores, ves los alerones moverse, sientes el roce de las ruedas contra el suelo, se impulsa con velocidad y despega. Y, en ese recorrido aéreo, nace una revelación. Somos pequeñas partículas unidas por un organismo que respira. Hay verde, hay blanco, hay marrón, y hay azul, muchísimo azul. Y entonces, el momento de mayor lucidez: entender cómo los mares se conectan con los ríos, cómo los ríos funcionan como las venas del planeta. Y es en ese recorrido majestuoso, con cadencia, que la naturaleza expande la vida.

Micromomentos: Aprender a ver

En días pasados hablaba con un amigo sobre el impacto que su hija menor ha tenido en su vida. Él me confesaba que se sentía como un padre primerizo. Protector. Lleno de magia. Que incluso después de tener a sus otros hijos más grandes, hasta su esposa le comenta: "Pero tú estás embelesado como si fueses padre primerizo". Me habló de lo maravillado que se le queda viendo a su bebé. De cómo balbucea. De lo hermosa que se ve cuando duerme. De la maravilla de descubrir sus propias manos. Y de la sorpresa que habita detrás de los estímulos del mundo. No pude más que sonreír. Tras unos minutos de dejar asentar la belleza de lo que me estaba compartiendo, sentí un click. Algo hizo sentido en mi cabeza. Y pude conectar con ese estado. Me di cuenta de que me pasa lo mismo. Últimamente he sentido todo, quizás no más intenso, sino más pausado. Más presente. El ruido ha desaparecido. Y le respondí: "Amigo, ¿sabes qué creo que es? Que la edad nos regala el superpoder de la contemplac...

El idioma de la bondad

En días pasados escuchaba un podcast en el que hicieron una pregunta aparentemente sencilla, pero que hizo que bajara al hueco del conejo en Alicia en el País de Las Maravillas: "¿Cuál ha sido el acto más bondadoso que alguien ha hecho por ti?" Al principio me dio un poco de pánico. Mi mente no logró identificar una respuesta inmediata. No fue como si se desplegara una larga lista de recuerdos esperando ser elegidos. Por un instante pensé que no sabría qué responder. Pero la respuesta estaba allí. Silenciosa. Esperando. Me tomó un poco de tiempo encontrarla, pero cuando apareció, lo hizo con una claridad absoluta. No fue un gran gesto.  No hubo heroísmo.  No hubo una hazaña extraordinaria. Fue compañía en un momento de inmensa vulnerabilidad. Y entonces,  mientras me llenaba de agradecimiento,  comprendí algo: Los actos de bondad que más nos transforman no siempre son los más grandes. A veces son los más sencillos.  Los que pasan desapercibidos.  Los que no...

El tamaño real del titán

¿De dónde nacen nuestras heridas? Algunas son heredadas. Algunas, propias. Algunas nacieron en la infancia. Otras, en la adultez. Pero tienen algo en común:  automatizan nuestras reacciones. Instintivas. Primales. Y es así como seguimos siendo parte de la cadena del dolor. Porque, reaccionando desde el dolor, generamos dolor en otros. Pero ¿qué sucede cuando buscas sanar? Cuando ves a tu herida cara a cara, la escuchas, entiendes por qué en principio nació, cuál es su detonante. Cuando no sólo reconoces la herida, identificas desde dónde estás reaccionando, sino que además, buscas activamente hacerlo distinto. Entonces, es ahí, donde empieza la libertad. Estás decidiendo, por primera vez, desaprender para reconfigurarte. Es un trabajazo. Vaya que sí lo es. Pero, al hacerlo, reconoces que esa  herida que parecía un titán colosal, termina siendo menos aterradora. Y entonces aparece el regalo: consigues nuevas formas de vincularte. Das paso a una versión más libre. Menos dolorosa...

Micromomentos: Presentarse al mundo

Hace algunos días asistí como oyente a una charla comunitaria. El público eran mujeres migrantes. Poblaciones altamente vulnerables. Comunidades con problemas de hacinamiento, basura, escasez de agua, servicio eléctrico informal e inestable, carretera de tierra. Pero algo enorme captó mi atención. Observé con cuidado a cada invitada con sus hijos. Noté que se tomaron el tiempo para arreglarse ellas y a sus bebés. Vi un hermoso desfile de colores. Vestidos. Peinados hechos con dedicación. Algunas cuando vieron que llegamos, agarraron a sus hijos para volver totalmente renovados. Estas mujeres eligieron conscientemente presentarse a ellas mismas y a sus bebés con intención. Una especie de orgullo. Y esto me recordó algo que a veces olvidamos: existe dignidad dentro de la vulnerabilidad.