Hace algunos días asistí como oyente a una charla comunitaria. El público eran mujeres migrantes. Poblaciones altamente vulnerables. Comunidades con problemas de hacinamiento, basura, escasez de agua, servicio eléctrico informal e inestable, carretera de tierra. Pero algo enorme captó mi atención. Observé con cuidado a cada invitada con sus hijos. Noté que se tomaron el tiempo para arreglarse ellas y a sus bebés. Vi un hermoso desfile de colores. Vestidos. Peinados hechos con dedicación. Algunas cuando vieron que llegamos, agarraron a sus hijos para volver totalmente renovados. Estas mujeres eligieron conscientemente presentarse a ellas mismas y a sus bebés con intención. Una especie de orgullo. Y esto me recordó algo que a veces olvidamos: existe dignidad dentro de la vulnerabilidad.
Hace unos pocos días abracé a mi hermana en un aeropuerto, después de días de reír, de llorar, de comer, de hablar, de disfrutar una película, de volver a comer, de mucho café, de cocinar, días sencillos de compartir rutina. Al final, al menos para mí, creo que es más especial que el típico escenario de turismo, porque aprecias los detalles sin perderte en el entorno. Unos rulitos dorados, unos ojos café, unas piernas fuertes, una mente brillante, un corazón sensible, una voz en plena transformación. Un abrazo puede mover algo en ti. Puede poner piezas en su lugar. Revelar la profundidad de un lazo. Dejar un dolor físico en el pecho. Dar una sensación de frío. Entender cuánto amas a alguien. Desde la protección, desde la complicidad, desde lo que no se le dice a nadie. Recuerdo ese abrazo y lloro. No porque no ame la vida que he construido para mí, porque ¡vaya que la amo!, sino porque significa que dejaré, temporalmente, de ver cómo te transformas, mi pequeña mariposa. La vi de o...