Te veo. Tus heridas. Tu dolor. Las cicatrices en tu corazón. Fuiste forjada con fuego. Con implacables golpes. ¡Oh, diosa! Temida. Implacable. ¿De cuánto dolor está teñida tu historia? Detrás de cada Circe hay una historia de humillación, de violencia, de ser ultrajada, abusada. No aplaudo tus acciones. Son producto del dolor sin gestionar. Pero te entiendo. Son dos verdades que pueden coexistir. ¡Oh, diosa! Cuán diferente serías si hubieses sido aceptada por tu padre, Helios; acompañada por tus hermanos; comprendida por tu magia; amada de vuelta por Glauco. Si los navegantes hubiesen aceptado tu hospitalidad sin ultrajarte. Odiseo te vio a los ojos y divisó la profundidad de la herida. Tu sobrino, el Minotauro, otra monstruosidad que no decidió, solo es. ¿De cuánta sangre y dolor están descritas las proezas de los dioses?
Una llave tintineando. Abro la puerta y empieza el ritual. Saludo a mis bebés peludos. Me quito los zapatos. Estoy en mi lugar seguro. Mi casa no es un edificio. No es una estructura. Se acerca más a un templo. Un lugar donde las ceremonias tienen olor a café. Tienen maullidos y ronroneos. Tienen una colita perruna moviéndose de felicidad. Desde mi ventana se ve la majestuosidad del más puro verde. Entra luz. Se refleja en el piso. El reposo y la acción consciente coexisten bajo estas paredes. Tiene libros. Se escucha el trinar de las aves. Es una mezcla de lo natural con lo arquitectónico. El aire se llena de 963 Hz. Me conecto con lo divino. La luz de una vela ilumina etérea. Sonrío. Estoy bendecida. Soy abundante. Estoy en paz. Volví a mí.