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Micromomentos: mi ancla peluda

Era un día cualquiera. El sol del Caribe, resplandeciente. Sin embargo, la tormenta estaba dentro de mí. Mi mente divagando, en espiral, hasta el punto de sentirla físicamente. Nauseabunda. Y de repente, una presencia. Mi ancla. Vuelvo a mi cuerpo. Siento su peso. Su calor. Su compañía. Y me doy cuenta de que puedo bajar la velocidad. Respirar. ¿Cuándo dejé de hacerlo? Yoshi es compañía. Lo siento vivo, tranquilo, sosegado, presente. Y me recuerda que no tengo que tener todas las respuestas hoy. Me recuerda que he transitado parajes más escabrosos. Me devuelve al presente solo con su existencia. Algunas personas hablan del corazón de quien rescata a los animales. Pero yo me pregunto: ¿Quién rescata a quién? Tu felina existencia me devuelve a tierra. Mi ancla peluda.
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Cuando la felicidad baja la voz

Hay una belleza simplemente sublime en transformar la felicidad en presencia silente. No en algo tan comercial como el high que nos venden las series, los libros o las películas. Cuando la felicidad se convierte en un susurro. En la brisa que toca tu piel. En el perfume que te hace vibrar. En la música que te transporta. En el trinar de las aves. En el café que te energiza por las mañanas. En la bendición de llenar tus pulmones de aire. En el calorcito de la más peluda compañía. En el dolor de los músculos después de ejercitarte. En el saberte capaz de llegar a casa. En levantar el teléfono, escribir, y saber que hay personas que contestarán. La felicidad que habita en la simpleza de la vida y en los micromomentos que cada día nos regala nos vuelve más equilibrados. Nos convierte en buscadores de paz. Cuando consigues belleza en lo no dicho. En los silencios. En lo cotidiano. Entonces te vuelves más libre.

Fugaces y eternos

El paso del tiempo nos regala la belleza de sabernos fugaces en esta presentación, y eternos en energía. Entender que nuestras vidas, tal y como las conocemos, son apenas instantes diminutos en la inmensidad de la eternidad. Entender también que nuestra energía se entrelaza con otras existencias. Que nada habita completamente separado. Visualizar el paso del tiempo e ir comprendiendo, poco a poco, lo que verdaderamente importa. Cómo las vivencias nos van forjando. Haciéndonos más humanos. Más conectados. Más humildes. Reconocer que dentro de mí habitan el amor, la luz, la expansión y la abundancia… y, al mismo tiempo, internalizar que también soy capaz de toda oscuridad. Soy claridad. Soy sombra. Soy contradicción. Soy… y en el acto de ser, me vuelvo una con la vida

Santuarios en el desierto

En un mundo donde las opiniones muchas veces son destructivas, donde hay más gente restando que sumando, donde abundan los reyes y escasean los peones, donde muchos quieren controlar y pocos saben co-crear, donde la prioridad es dividir para vencer, existen relaciones que son espacio seguro. Un oasis en el desierto. Agüita de vida. Agüita fresca. Santuarios a los que decido ir, en la luz pero también en lo borrascoso. Hoy quiero enfocarme en esos espacios: en donde la celebración es permitida, en donde se te permite romperte. Espacios donde la palabra es amable, donde te preguntan qué necesitas, donde la ayuda no se promete, se ofrece. Personas que son luz, que acompañan, que construyen. Personas que convierten las palabras en acción tangible, personas que son contigo. Agradezco a mis oasis, a los que me hacen sonreír y sentirme, simplemente, afortunada. No necesitan ser millones, pero se sienten como millones, de lo presentes que están. Soy millonaria...

Diamante en lo invisible

Hay objetos que no se compran. Se sellan. Este no brilla. No llama la atención. No pesa. Pero sostiene. Un aro de plata, simple, casi silencioso. Lo elegí en el único momento en el que dudé de todo. Incluso de Él. Fue mi primera grieta. Y también mi primer regreso consciente. Desde entonces lo llevo conmigo. No como adorno, sino como alianza. Con Abba. Con mi papito celestial. Después de comprarlo, soñé con él. En el sueño, no era de plata. Era de diamantes. Y desde entonces entendí que hay cosas que no necesitan parecer valiosas para ser eternas. Este anillo no rodea mi dedo. Rodea mi fe.

Donde el esfuerzo hizo luz

Hay objetos que se convierten en tótems. Amuletos que detienen el tiempo. Símbolos que contienen más de lo que la mirada alcanza. En mi caso, es una lámpara. Para muchos, apenas un artilugio que emite luz. Coqueta, sí. Pero para mí… es mucho más. Es el punto exacto en el que la recompensa finalmente equiparó al esfuerzo. La enciendo noche a noche, sabiendo que no sólo ilumina mi habitación, sino el camino nuevo que estoy aprendiendo a habitar. No costó mucho, al menos no en lo material… pero vaya… el esfuerzo, el tiempo, las horas de insomnio, la energía mental, las estrategias trazadas, la inversión invisible. Esta lámpara enciende algo más que un espacio. Enciende el orgullo de saberme, por fin, vista.

Habitar-me

¿Cómo le explico a mi sistema nervioso que ya no tiene que estar en alerta? Que puede relajarse. Que puedo respirar. Que puedo celebrar-me. ¿Cómo le traduzco a mi cuerpo que todo el esfuerzo… sí valió la pena? Que se transformó en ganancia. Que el camino, aunque incierto, sí estaba siendo sostenido. Que Dios caminó a mi lado, incluso cuando dudé. Que nunca soltó mi mano. Que el universo (silencioso) ya había decidido a mi favor. ¿Cómo le explico a mi mente que puede recostarse… y mirar? Que no todo es empujar. Que no todo es resistir. Que los colores son más bonitos cuando hay paz. Que ha llegado el momento de cosechar. ¿Cómo le cuento a mis hombros que se pueden soltar? A mi mandíbula, que no hay nada que sostener. A mis ojos, que ya pueden descansar del llanto. Al encuentro con Morfeo, que no necesita ser interrumpido. Que las citas a las 3 a. m. con mi mente pueden finalmente parar. Es hora de salir del fake it until you make it… porque, después de tanto andar, es...