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Micromomentos: Presentarse al mundo

Hace algunos días asistí como oyente a una charla comunitaria. El público eran mujeres migrantes. Poblaciones altamente vulnerables. Comunidades con problemas de hacinamiento, basura, escasez de agua, servicio eléctrico informal e inestable, carretera de tierra. Pero algo enorme captó mi atención. Observé con cuidado a cada invitada con sus hijos. Noté que se tomaron el tiempo para arreglarse ellas y a sus bebés. Vi un hermoso desfile de colores. Vestidos. Peinados hechos con dedicación. Algunas cuando vieron que llegamos, agarraron a sus hijos para volver totalmente renovados. Estas mujeres eligieron conscientemente presentarse a ellas mismas y a sus bebés con intención. Una especie de orgullo. Y esto me recordó algo que a veces olvidamos: existe dignidad dentro de la vulnerabilidad.  
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Los días sencillos

Hace unos pocos días abracé a mi hermana en un aeropuerto, después de días de reír, de llorar, de comer, de hablar, de disfrutar una película, de volver a comer, de mucho café, de cocinar, días sencillos de compartir rutina. Al final, al menos para mí, creo que es más especial que el típico escenario de turismo, porque aprecias los detalles sin perderte en el entorno. Unos rulitos dorados, unos ojos café, unas piernas fuertes, una mente brillante, un corazón sensible, una voz en plena transformación. Un abrazo puede mover algo en ti. Puede poner piezas en su lugar. Revelar la profundidad de un lazo. Dejar un dolor físico en el pecho. Dar una sensación de frío. Entender cuánto amas a alguien. Desde la protección, desde la complicidad, desde lo que no se le dice a nadie. Recuerdo ese abrazo y lloro. No porque no ame la vida  que he construido para mí, porque ¡vaya que la amo!, sino porque significa que dejaré, temporalmente, de ver cómo te transformas, mi pequeña mariposa. La vi de o...

Las manos que sostuvieron

Retumba la vía con el sonido de decenas de motores. Elevan la voz. Se convierten en acción. Llevan a cuestas agua, alimentos. Cosas que, generalmente, damos por sentado. No lo pensaron dos veces. Son nuestros venezolanos de a pie, preparados para remover la tierra, para reencontrarse con la vida en la más oscura de las horas. Este espíritu no sólo habita en ellos. Está en la señora que preparó sanduchitos para los rescatistas. En el joven que recibió damnificados en su casa. En los humanitarios que, sacudiéndose el dolor, se abocaron al servicio. En la familia que adoptó un perrito huérfano, regalándole un segundo hogar. En el enfermero que recaudó material médico por su cuenta y viajó a Tucacas, porque allá no estaba llegando tanta ayuda. En la mujer que detuvo todo y se entregó a liderar un centro de acopio. En la vecina que regaló agua aun cuando estaba en duelo. En el esposo que dijo: "Yo también puedo sacar personas." A pesar de que había perdido a todos los suyos. En el...

Un Tsunami que salva vidas

No sé qué será de mí. Mi garganta duele. Tengo sed. Se escucha un rasgar. No quiero ni respirar. Empieza a caer tierrita. Un rayo de luz lastima mi pupila. Más luz. Más luz. Y aparece arriba,  la carita de la más jadeante esperanza. Su perruna existencia no sabe de horas, no conoce de especies. Tiene una misión. Va de lugar en lugar. Se escabulle en agujeros. Escarba. Olfatea. No soy el primero sé que tampoco seré el último. Cuatro patas  de las que penden vidas. Y en las pantallas de todos, un Tsunami que salva vidas  se convirtió en un símbolo. Mientras él sólo olfatea y busca.

El arte del que acompaña

5 minutos en la negación, una hora en la ira repita, enjuague, pique pequeñito la negociación, un chorrito de depresión, dos cucharadas de aceptación, y acepte en un mes de nuevo. ¿Quién decidió que todos debemos procesar el dolor al mismo ritmo? No existe una receta. Me gustaría, la verdad. Sería más simple. Cada alma procesa distinto. Y es en el saber acompañar que habita la empatía. Algunas personas entran en hiperactividad. Simplemente no pueden parar. Otras procesan hablando y buscan un oyente dispuesto. Unos sólo sienten y les es muy simple romper en llanto. Hay quienes sólo escuchan y es en la soledad que procesan. Muchos tienen miedo al silencio . Y, de repente,  un click. La magia que habita en una pregunta. ¿Qué necesita esta persona? Y es aquí donde empieza a nacer el arte del que acompaña.

8 millones de luces

Una llama pulsa con el viento refleja sombras en la pared llora una vela rodilla en tierra solloza el alma se eleva una plegaria. Esta vela no es la única. Hay 8 millones de luces en distintos husos horarios que hacen comunión con las otras tantas que se quedaron. Taquicardia, garganta seca. Silencio. Tanto silencio. Un símbolo de un duelo colectivo que alberga los nombres  de los miles de caídos. No tienen rostros. No son familia. No son amigos. Pero así se sienten. Y en un instante descubrimos que sangramos tricolor. Desaparecen el origen, la ideología, el tono de piel, las posesiones, los logros. Volvemos a la base. Nos duele el humano.

Los lugares que nos escribieron

¿Qué pasa cuando ves lugares donde fuiste feliz arrasados por una catástrofe? Nace un dolor que atraviesa. Que quita el aliento. Que eriza la piel. Que paraliza. No se trata del edificio donde vivías, de la plaza donde jugabas, o del aeropuerto desde donde viajabas. Esto se transforma en algo mucho más profundo. Algo que toca la fibra de la identidad. Es sobre las empanadas que te comiste con tus amigos en La Guaira, y el calorcito del Caribe que bronceó tu piel. Es acerca de tu refugio verde, ahora transformado. De las oraciones elevadas en la Iglesia de la Plaza Candelaria, ahora llena de damnificados. Es sobre ese abrazo que te diste con tu familia en Maiquetía antes de irte por última vez. Toca a la versión de ti mismo que transitó por estas calles. Que escribió memorias. Que abrazó. Que amó. Que besó. Que rió. Que creció. Que partió. Son los recuerdos que, entrelazados, conforman el mapa de nuestra identidad. La naturaleza nos recordó, en unos minutos, la falsa sensación de perman...