Hay objetos que no se compran. Se sellan. Este no brilla. No llama la atención. No pesa. Pero sostiene. Un aro de plata, simple, casi silencioso. Lo elegí en el único momento en el que dudé de todo. Incluso de Él. Fue mi primera grieta. Y también mi primer regreso consciente. Desde entonces lo llevo conmigo. No como adorno, sino como alianza. Con Abba. Con mi papito celestial. Después de comprarlo, soñé con él. En el sueño, no era de plata. Era de diamantes. Y desde entonces entendí que hay cosas que no necesitan parecer valiosas para ser eternas. Este anillo no rodea mi dedo. Rodea mi fe.
Un lugar donde la mente consigue aliviar la vorágine de ideas