Hay objetos que no se compran.
Se sellan.
Este no brilla.
No llama la atención.
No pesa.
Pero sostiene.
Un aro de plata,
simple,
casi silencioso.
Lo elegí en el único momento
en el que dudé de todo.
Incluso de Él.
Fue mi primera grieta.
Y también
mi primer regreso consciente.
Desde entonces
lo llevo conmigo.
No como adorno,
sino como alianza.
Con Abba.
Con mi papito celestial.
Después de comprarlo, soñé con él.
En el sueño,
no era de plata.
Era de diamantes.
Y desde entonces entendí
que hay cosas
que no necesitan parecer valiosas
para ser eternas.
Este anillo
no rodea mi dedo.
Rodea mi fe.
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