Hay objetos que se convierten en tótems. Amuletos que detienen el tiempo. Símbolos que contienen más de lo que la mirada alcanza. En mi caso, es una lámpara. Para muchos, apenas un artilugio que emite luz. Coqueta, sí. Pero para mí… es mucho más. Es el punto exacto en el que la recompensa finalmente equiparó al esfuerzo. La enciendo noche a noche, sabiendo que no sólo ilumina mi habitación, sino el camino nuevo que estoy aprendiendo a habitar. No costó mucho, al menos no en lo material… pero vaya… el esfuerzo, el tiempo, las horas de insomnio, la energía mental, las estrategias trazadas, la inversión invisible. Esta lámpara enciende algo más que un espacio. Enciende el orgullo de saberme, por fin, vista.
Un lugar donde la mente consigue aliviar la vorágine de ideas