Cuando estamos en un proceso de transformación interna, hay silencio. Mucho silencio.
Personalmente, no me incomoda demasiado. De tanto habitarme, sé que cuando sí lo hace es porque hay un diálogo que aún no estoy lista para sostener. Estoy evitando.
Si eres capaz de quedarte en ese silencio el tiempo suficiente, ocurre una metamorfosis. El rompecabezas empieza a encajar. Las piezas que por tanto tiempo evitaste contemplar comienzan a revelarse en una imagen más clara.
Te estás transformando.
Lo que emerge es el resultado de mucho trabajo interno. De asumir responsabilidad. De reconocerte dueño del proceso que necesitas atravesar. Y también, de practicar la compasión. Esa que aún, en mi caso, sigue en integración.
Estás existiendo ahora desde otro lugar.
La limpieza que ocurre a tu alrededor es inevitable: las personas que no resuenan con esta nueva versión de ti comienzan a partir. Duele. Y es válido. Se abren pequeños duelos. No solo por quienes ya no están, sino también por quien tú eras.
En el transitar, entiendes que para habitar espacios más sanos, esta purificación es necesaria.
Y entonces, algo empieza a cambiar.
Nuevas personas llegan. Nuevas situaciones se presentan. Estás en otro lugar internamente, y eso comienza a reflejarse afuera. Cuando el cambio se integra, la vida responde.
Con claridad. Con coherencia.
Con inevitabilidad.
En este momento de mi vida, estoy en paz. Y estoy aprendiendo a amar el silencio.
Agradecida por la transformación que hoy se refleja en mi vida.
👏🏽 👏🏽 👏🏽 👏🏽 👏🏽
ResponderEliminar