Un nuevo día, una nueva entrevista.
Aquí estoy de nuevo en este pasillo conocido, pero ahora luce distinto.
Esta vez está más lúgubre. Hay una densidad en el ambiente y cuesta respirar.
La iluminación es más opaca.
Lo transito con el conocimiento de que esta vez mi entrevistada no estará al final del pasillo.
Estará en el salón.
Si hice bien mi tarea investigativa, sé que ahí estará.
El salón también luce distinto.
Hoy está más gris.
La consigo sentada. Me mira con esos ojos negros e impactantes. Profundos.
Esos ojos traspasan el alma. Hablan… más bien, gritan.
Es más bien pequeña.
¿O se ve así porque no quiere ser vista?
Es delgada y angulosa. Su cabello es negro, casi azul.
Como la densidad de la noche en luna nueva.
Su piel nívea hace contraste.
—Buenas noches —digo—. ¿Quieres tomar algo?
—Buenas noches —responde—. En verdad no quiero nada, gracias.
Me sirvo un poco de agua y me siento.
La observo. Retraída. Joven y, a la vez, antigua.
Ella se encoge. Cruza los brazos y noto cómo acaricia su propio brazo.
Como si se estuviese confortando.
—Gracias por venir. Sé que te ha costado acceder a esta entrevista. No dejas verte demasiado, y aprecio el esfuerzo.
Sonríe, pero la sonrisa no le llega a los ojos.
Ella suspira pesadamente.
—Me ha costado levantarme de la cama. Pero entiendo por qué esto es importante.
Me mira, pensativa.
Respira y luego agrega:
—La gente necesita saber.
—¿Qué cosa?
—La verdad de mi existencia.
Asiento y la observo.
—¿Y cuál es esa verdad?
—Poca gente entiende mi propósito. Por eso me oculto.
Me echo hacia atrás un instante. Me está costando esta entrevista. La siento densa.
Trato de concentrarme. Su presencia es poderosa. Me equivoqué.
Parecía pequeña… pero en verdad inunda toda la habitación.
—¿Cómo actúas?
—Depende del contexto —responde.
Pienso un momento en un escenario posible.
—Ok. Digamos… en una relación de amor romántico, por ejemplo.
—Para los amantes, soy el corazón roto.
Soy la pérdida.
Soy el duelo.
Soy lo que queda cuando algo ya no está.
Se acerca hacia la luz y puedo distinguir mejor sus ojos.
Tienen agua. Mucha agua.
Algo se instala en mi pecho. Es una presión sutil, pero ahí está.
Se me hace un nudo en la garganta.
Ahora lo estoy entendiendo.
Espero un momento, contemplándola y sintiendo.
Sólo sintiendo la revolución que hay en mi pecho.
—Todos te evitan.
—Sí, todos.
—¿Cómo puedes vivir con eso?
—Porque entiendo mi propósito. Te lo dije. Eso es lo más importante.
Casi no tengo aliento. El nudo en la garganta me provoca unas profundas ganas de llorar.
Pero vine a hacer algo. Debo continuar. Respiro.
—Haz la pregunta correcta —agrega, empujándome a continuar.
—¿Cuál es tu propósito?
—Soy una brújula.
—¿A qué te refieres?
—Te indico qué es lo que realmente importa.
—¿Cómo lo haces?
—Soy como un prisma. Sólo a través de mí se aprecian los colores.
Sin mí, no existiría apreciación por la alegría.
Ya no puedo contenerlo.
Lo dejo fluir… y rompo en llanto.
Ella sólo me mira, sonriendo.
Sabe que ya lo entendí.
Se acerca finalmente y me abraza.
Ya no puedo parar. Lo dejo fluir.
Al cabo de varios minutos, su presencia sigue ahí… pero más ligera.
Reviso mis sensaciones de nuevo.
Hay alivio.
Sonríe. Me mira con compasión.
—Ahora sabes que sí te importó.
Comentarios
Publicar un comentario