Voy subiendo en el ascensor, revisando mis notas. Es mucha información que procesar.
Respiro, tratando de poner mis pensamientos en orden.
Les doy una última mirada.
Alzo la vista hacia el número que esperaba.
Este es el piso.
Me bajo del ascensor y camino hacia la puerta.
Mis pulsaciones están fuera de control.
Pongo la mano sobre el pomo.
La abro… y me sorprendo.
Ella ya está ahí.
Lucía fuera de sí.
Corrijo: lucía muy dentro de ella.
Ensimismada.
Hilvanando pensamientos.
Era hermosa. Sí que lo era.
Pero no de una forma obvia.
Era una belleza poco habitual. Casi animal.
Labios carnosos. Cabello castaño y salvaje.
Lo más impactante era esa mirada, esos inusuales ojos violeta.
Sus ojos no susurraban. No hablaban.
Eran, más bien, un grito.
Me acerqué a ella, a sabiendas de que esta entrevista sería interesante.
—Buenas noches —la saludé.
—¿Qué evidencia tienes de que son buenas? —respondió. Me miraba fijamente con sus profundos ojos.
Era alta.
Una magnífica y rara criatura.
—Logré encontrarla el tiempo suficiente para hablar con usted. Eso ya las hace buenas. Es muy difícil de localizar, mi señora.
Por respuesta, una media sonrisa.
La tengo —pensé.
Caminamos juntos hasta el salón. Le ofrecí agua y café.
—Café está perfecto. Muchas gracias. Un espresso doble. Quiero estar bien despierta.
Mi corazón se aceleró aún más con la anticipación.
Manos sudadas. Boca seca.
Todo un cóctel de sensaciones.
—Gracias por acudir a nuestro encuentro. Hace mucho tiempo que quiero hacer esta entrevista.
—¿Cómo quiere usted comenzar? —preguntó, interesada.
Me tomé un minuto para darle orden a mi agitada mente.
—La pregunta obvia sería conocer cómo nació. Pero me intriga más saber cómo logra estar tan presente… y tan incontrolable —respondí.
—Me gusta hacerme sentir.
—¿Cómo funciona usted? ¿Cómo es que parece omnipresente?
—Porque me alimento de tus temores. Del futuro.
Mis favoritos son esas creencias deliciosas, muy bien escondidas en tu subconsciente.
—Comprendo, comprendo.
—Y ahora que está aquí: ¿qué quiere decir?
—La única manera de que puedas desarmar tus temores es a través de mí. Por eso existo.
—Y… ¿cómo puedo avanzar más rápido?
—Estás empezando por un excelente camino. Te tomaste el tiempo suficiente para venir a hablar conmigo.
Mi rol es hacerte ver. Tu rol es salir del laberinto.
Encontrarme es parte de la solución.
Ahí estaba.
En mi pecho.
Activando mis reacciones.
Respiré.
Nos levantamos y caminamos de nuevo por el pasillo. Seguía a mi lado.
Me detuve y, en respuesta, ella también lo hizo.
Respiré. Esta vez más lenta y conscientemente.
—Yo puedo con esto —dije. Es el momento.
Ella sonrió con calma… y se esfumó.
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