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Mostrando entradas de julio, 2026

Un Tsunami que salva vidas

No sé qué será de mí. Mi garganta duele. Tengo sed. Se escucha un rasgar. No quiero ni respirar. Empieza a caer tierrita. Un rayo de luz lastima mi pupila. Más luz. Más luz. Y aparece arriba,  la carita de la más jadeante esperanza. Su perruna existencia no sabe de horas, no conoce de especies. Tiene una misión. Va de lugar en lugar. Se escabulle en agujeros. Escarba. Olfatea. No soy el primero sé que tampoco seré el último. Cuatro patas  de las que penden vidas. Y en las pantallas de todos, un Tsunami que salva vidas  se convirtió en un símbolo. Mientras él sólo olfatea y busca.

El arte del que acompaña

5 minutos en la negación, una hora en la ira repita, enjuague, pique pequeñito la negociación, un chorrito de depresión, dos cucharadas de aceptación, y acepte en un mes de nuevo. ¿Quién decidió que todos debemos procesar el dolor al mismo ritmo? No existe una receta. Me gustaría, la verdad. Sería más simple. Cada alma procesa distinto. Y es en el saber acompañar que habita la empatía. Algunas personas entran en hiperactividad. Simplemente no pueden parar. Otras procesan hablando y buscan un oyente dispuesto. Unos sólo sienten y les es muy simple romper en llanto. Hay quienes sólo escuchan y es en la soledad que procesan. Muchos tienen miedo al silencio . Y, de repente,  un click. La magia que habita en una pregunta. ¿Qué necesita esta persona? Y es aquí donde empieza a nacer el arte del que acompaña.

8 millones de luces

Una llama pulsa con el viento refleja sombras en la pared llora una vela rodilla en tierra solloza el alma se eleva una plegaria. Esta vela no es la única. Hay 8 millones de luces en distintos husos horarios que hacen comunión con las otras tantas que se quedaron. Taquicardia, garganta seca. Silencio. Tanto silencio. Un símbolo de un duelo colectivo que alberga los nombres  de los miles de caídos. No tienen rostros. No son familia. No son amigos. Pero así se sienten. Y en un instante descubrimos que sangramos tricolor. Desaparecen el origen, la ideología, el tono de piel, las posesiones, los logros. Volvemos a la base. Nos duele el humano.

Los lugares que nos escribieron

¿Qué pasa cuando ves lugares donde fuiste feliz arrasados por una catástrofe? Nace un dolor que atraviesa. Que quita el aliento. Que eriza la piel. Que paraliza. No se trata del edificio donde vivías, de la plaza donde jugabas, o del aeropuerto desde donde viajabas. Esto se transforma en algo mucho más profundo. Algo que toca la fibra de la identidad. Es sobre las empanadas que te comiste con tus amigos en La Guaira, y el calorcito del Caribe que bronceó tu piel. Es acerca de tu refugio verde, ahora transformado. De las oraciones elevadas en la Iglesia de la Plaza Candelaria, ahora llena de damnificados. Es sobre ese abrazo que te diste con tu familia en Maiquetía antes de irte por última vez. Toca a la versión de ti mismo que transitó por estas calles. Que escribió memorias. Que abrazó. Que amó. Que besó. Que rió. Que creció. Que partió. Son los recuerdos que, entrelazados, conforman el mapa de nuestra identidad. La naturaleza nos recordó, en unos minutos, la falsa sensación de perman...