Corazones solitarios a finales de la vida. Sentados a la espera de una veta de amor. ¡Triste destino!
Después de toda una vida de lucha, permanecer atado a un cuerpo fatigado, rodeado de dedos acusadores que dictaminan. Toda una senda de búsqueda infructuosa. Alivio… alivio para esas almas ermitañas cuyos ojos reflejan la carga y la experiencia de los años.
Dichoso aquel que, al ver su cuerpo desgastado, aún es capaz de sonreír…
Dignos de admiración quienes no solo ríen, sino que festejan.
Y al final, la singular pregunta: ¿De qué sirve? ¡Bendita interrogante!
Te admiro y te respeto. Y bienvenida la sorpresa porque, después de nuestro ir y venir, también puedo decir: TE QUIERO.
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