Idealizamos porque adaptamos las creencias de “lo que debe ser” a nuestro entorno. Idealizar no es más que una proyección de nuestros deseos y anhelos más profundos. Este fenómeno suele aparecer en los comienzos de ciclos: cubrimos con un velo de magia a todo lo que nos rodea: personas, trabajo, relaciones familiares. Es el engaño primigenio del ser humano, el cuento de hadas propio que creamos para sostener nuestra forma de ver el mundo. El verdadero problema surge cuando finalmente nos damos cuenta de que aquello que creíamos era de una manera, resulta ser totalmente distinto. La complicación aparece cuando buscamos culpar a otros por un engaño que nosotros, y solo nosotros, fabricamos. Las relaciones humanas se sostienen, en gran medida, sobre la imagen mental que construimos de las personas. Las catalogamos según nuestras propias escalas de posibilidades y nos sorprendemos cuando la realidad no coincide con nuestras probabilidades. La mejor táctica es no establecer escalas de valor...
Un lugar donde la mente consigue aliviar la vorágine de ideas