Mi riqueza no consiste en grandes cantidades de objetos valiosos, sino en retazos de tiempo que enriquecen cada día. La libertad de reír hasta que duela la panza y de verle el lado positivo a cada acontecimiento convierte este trayecto llamado vida en un paraíso de matices.
Atesoro la brisa que roza el rostro, así como a todas aquellas personas que han dejado huellas en mi pasado, en mi presente, y aún reservo espacio para las que llegarán en el futuro. En el mejor recoveco de mi corazón guardo un par de sonrisas y miradas inocentes: las de mis hermanitos, quienes con cada paso me enseñan lo fugaz que es el tiempo.
Más allá de cualquier tesoro habitan, intocables, mis sueños, convicciones y anhelos… inalterables y luchando contra la marea para llegar a ser realidad. Mi diamante en bruto es el monumento de femineidad que es mi madre, pilar fundamental en mis días y mis noches de ensueño.
Pequeñas perlas de río representan cada lágrima derramada; porque, aunque en su momento fueron amargas y oscuras, hoy han logrado forjar mi carácter de una u otra manera.
Tengo una gran corona de oro blanco con incrustaciones de rubíes… es el secreto de todos los demás tesoros: la convicción de que existe un “ALGO” superior que me permite seguir creyendo en la justicia.
Sé que todos poseemos muchos tesoros. A menudo no nos percatamos de su existencia, aunque dependemos de ellos, porque son los que nos mantienen en pie y vibrantes de energía para continuar en la lucha.
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