El día que dejes de creer en la gente, dejarás de creer en ti mismo. Cada persona es una fórmula que mezcla diversos porcentajes de los mismos componentes. Lo que nos hace distintos es la manera en que respondemos a los catalizadores llamados vivencias.
Un corazón roto duele igual en Taipéi que en Kingstown. Una lágrima es salada en los ojos de un mexicano tanto como en los de un tibetano. Nuestras diferencias no son irreconciliables. Por lo general, las personas que más nos perturban son aquellas que contienen mayores dosis de nuestros propios defectos.
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