Cupido no tiene flechas: está armado con jeringas. Inyecta dosis absurdas de adrenalina, dopamina, serotonina, oxitocina y vasopresina. Saber esto derriba el símbolo habitual del amor: no debería ser un corazón, sino un cerebro. Poco a poco las investigaciones han ido develando el misterio tras el fenómeno llamado amor. STOP. ¿A quién le importa? Por más que intente racionalizar algo que incluso la ciencia ha catalogado como un tipo de locura, no puedo evitar confesar que soy presa de ello. Bendito cóctel hormonal que acaricia mi torrente sanguíneo. Soy adicta a las sensaciones. Desde mi punto de vista, no existe motor más efectivo que el que rige a Eros, concebido de la unión entre la abundancia y la pobreza. ¿Hay montaña rusa más eficaz? No lo creo. Me declaro amante eterna: no desde la acepción primitiva o lasciva, sino desde la exploración incansable. Siempre que exista una posibilidad de amar, amaré. ¿Estupidez? ¡Demonios! Casi podría catalogarse como crónica, pero al final queda ...
Un lugar donde la mente consigue aliviar la vorágine de ideas