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De huevecillos, orugas, pupas y mariposas.

En conversaciones con una personita especial, entendí, después de mi ir y venir, que sí te amé. Solo el amor es capaz de transformar el mundo como tú lo hiciste conmigo.

Derribaste mis paredes y mis conceptos malsanos. Mi visión actual de lo que es una relación está profundamente ligada a tu paso por mi vida. Fuiste un torbellino que se llevó mis viejos, gastados y ortodoxos conceptos. Contigo crecí; sin ti, me reinventé.
Después de un gran gesto de amor, siempre llega un inevitable período de soledad. No hablo de la soledad dolorosa, sino de esa temporada necesaria para asimilar lo vivido. Fuiste un brebaje de vida, una dosis increíble de felicidad.

Gracias a ti entendí que el amor no tiene una forma definida: es una oleada sin forma, sin tiempo, sin espacio y sin rostro. Las etiquetas están sobrevaloradas; no existe tal cosa. Una etiqueta no es más que parte de la manía humana de encasillar y de creer que algo te pertenece. Es tan magistralmente estúpido. En este caso, sí aplica llamarlo “una sensación”. ¿Cómo ponerle un nombre genérico a algo que, por esencia, es libre?

Una relación es un acuerdo sin palabras. Es llevar tatuados los votos porque así nace del alma. ¿Cuántas parejas viven en la ilusión de formar parte de algo? Son incontables. Vivimos en una sociedad que nos cataloga según escalafones que supuestamente debemos alcanzar, pero olvidan lo esencial: no somos máquinas. Todo se vuelve simple cuando dejas fluir los sentidos.

Tú me enseñaste que la vida en la pupa no lo es todo; de hecho, se parece más a la nada. Me dejaste el conocimiento de que la pupa puedo resquebrajarla, romperla, salir, estirar mis alas y volar. Y que puedo morir, pero eso no significa nada terrible: la muerte no es el fin, es el inicio del proceso de metamorfosis. Con cada nueva experiencia puedo volver a ser un huevecillo.

Lo apasionante de los humanos es el sabor de nuestras diferencias. Cada persona alberga una historia y un futuro. Cada par de pupilas tiene una luz y una sombra. Ahora me es más sencillo reflejarme en unas pupilas y encontrar una ínfima parte de mí. En este instante soy, de nuevo, un huevo: no espero, solo lo vivo.

Merci.

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