No hay edades, no hay tiempo correcto. Solo existe el deseo de hacer algo y la capacidad de luchar para lograrlo.
Hace poco acompañé a una de mis personitas especiales a hacer algo que desde hacía tiempo quería, pero no se atrevía por un insano temor al ridículo.
¡Demonios! No es como asesinar a Gandhi. Es una decisión estética y personal.
El miedo al fracaso solo indica dos cosas:
- que te crees con menos valor del que realmente tienes para llevar a cabo tu idea;
- que estás sobrevalorando la opinión de los demás.
Después de todo, la población se divide entre quienes detestan los gatos, quienes los toleran, quienes los aman… y los más arriesgados: los que quieren ser gatos. Siempre existirá alguien que no apruebe lo que hagas, y eso está bien. De hecho, ahí yace el control social: en esa oposición cuyo tamaño tú decides.
Claro, no hablo de atropellar a otros por tu simple deseo. Tus derechos terminan donde comienzan los de los demás. Pero cuando se trata de placeres sencillos: hazlo. ¡Nos perdemos de tanto por estar preocupados!
No te prives de aquello que pueda darte unos gramos de felicidad. Ese pequeño instante, incluso biológicamente hablando, ya es un regalo al mundo: te activa, te inspira, te da energía para ofrecer algo bueno a alguien más.
Hace aproximadamente tres años tuve un día irracionalmente feliz. Un amanecer lleno de technicolor… y me lo perdí. Estaba tan preocupada por si alguien arruinaba su perfección, que lo dejé escapar. Más tarde entendí que no estaba dañando a nadie: simplemente fui feliz.
Y en ese preciso instante, tenía un secreto y un poder de acción.
Cuando una bocanada de felicidad llegue a tu vida, compártela.
No te la quedes. Cede el relevo.
Hay pocos “nuncas”, pero uno de los míos es este:
nunca te niegues tu propia felicidad.
Sin egoísmo, sin llevarte a nadie en el camino. Abrázala. Permite que ilumine tu pupila… y no la dejes ahí.
Compártela. E inicia el ciclo.
Spread the happiness.
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