Algo hizo clic dentro de mí cuando sentí la desconexión. No la ajena, sino la mía: esa grieta interna donde se revela la verdad sin filtros. Me encontré frente a una sensación que jamás había vivido. Un confort extraño. Una vulnerabilidad que no se siente como amenaza sino como apertura.
He pasado mi vida huyendo cada vez que percibo el más mínimo riesgo de exponerme. Sin embargo, esta vez es distinto: no hay miedo. Hay una disposición nueva, casi radical, de ser vista desde el alma. Siento las defensas caer como si no sirvieran para nada. Y en esa desnudez interior descubro una fuerza inesperada.
Es una experiencia que me descoloca. No porque sea destructiva, sino porque es demasiado sincera. Me aferro a esta claridad como quien toma un sorbo de agua después de años de sed. No es dependencia; es reconocimiento. Es la chispa que enciende conversaciones, ideas, conclusiones… especialmente eso: conclusiones.
Toda mi vida he tenido facilidad para terminar cosas, pero no para concluirlas. Lo primero es un acto rápido; lo segundo implica aprendizaje. Y he vivido repitiendo los mismos patrones, casi como si la vida insistiera en mostrarme la misma lección bajo distintos disfraces.
Ahora, por primera vez, siento que existe algo que me ayuda a ver mejor: una especie de soporte interno que ordena mis pensamientos. Un impulso que me invita a analizar, a discernir, a decidir desde un lugar más sabio. Una guía silenciosa que no aplasta ni dirige, solo ilumina.
Me sorprende este deseo repentino de crecer. Esta hambre nueva de hacerlo mejor, de ser mejor. No por obligación, sino porque la vida me está mostrando un espejo que no había querido mirar. Y en ese espejo encuentro algo que me sostiene, que me reacomoda, que me cuestiona suavemente hasta que una versión más lúcida de mí aparece.
Estoy agradecida por esta transformación que me llega sin exigencias. Estoy recibiendo más de lo que jamás supe pedir. Y aunque no sé qué puedo dar a cambio, sé que puedo estar: presente, consciente, despierta.
Lo mágico es que esta expansión nace sin artificios. Sin disfraces. Sin esfuerzo. Surge simplemente porque la vida nos moldea a todos a golpes, fuego y tiempo. Y lo que queda, cuando se cae lo innecesario, es una verdad que no siempre reconocemos, pero que está ahí: limpia, luminosa, honesta.
Tal vez esto sea solo un momento. Tal vez sea una estación breve en mi camino. Pero mientras dura, trae luz.
Una luz que otros notan. Una luz que yo misma reconozco como un cambio.
Una luz que me recuerda que aún estoy viva por dentro.
No necesito nombrarlo. No necesito definirlo.
Por primera vez en mi vida, la incertidumbre es suficiente.
No quiero poseer la belleza de este instante; solo quiero comprenderla y respetarla.
No quiero aferrarme a lo que cambia; quiero aprender de lo que revela.
Y, sobre todo, no quiero volver a huir de mí.
Comentarios
Publicar un comentario