Hoy me permito compartir algo personal. Como venezolana, este Día Internacional de los Derechos Humanos me toca el alma.
El Premio Nobel de la Paz para María Corina Machado no es solo un reconocimiento: es el reflejo de nuestra historia. De cómo 9 millones de venezolanos creímos en la posibilidad de un futuro mejor, empacamos nuestros sueños y emprendimos un camino que nunca imaginamos: emigrar.¿Qué es emigrar?
Emigrar es estar dividido. Implica rearmar-TE como a un rompecabezas y convertirte en alguien distinto. Es conseguir formas de conectar con el país que afortunadamente te abre las puertas, y secretamente extrañar rutinas, lugares, rostros, aromas, sabores y otras tantas cosas. Es estar agradecido por la oportunidad de un mejor futuro mientras una parte de ti siente culpa por no quedarte y por todos a los que dejaste atrás.
Emigrar se convierte en las historias de familias dispersas por el mundo. Es el motor de quienes ponemos el alma y el corazón para encontrar felicidad en medio del caos. Es aprender a expandir la familia en tierras y culturas desconocidas, abrazar el cambio y hacer propias costumbres ajenas.
Es también la capacidad de ver lo bonito en lo cotidiano, de crecer con cada experiencia y transformarnos como seres humanos. Es tener escalofríos cada vez que escuchas una gaita. Es sentir real orgullo por cada venezolano triunfante.
Hoy, el mundo nos mira. Escuchó en par de minutos la travesía de casi 30 años de compleja lucha. Este reconocimiento nos recuerda que, a pesar de todo, seguimos brillando. Que nuestros sonidos, nuestra voz, nuestro acento y nuestras historias resuenan en cada rincón. Que hasta las flores en Oslo llevan la esencia de la tierra que nos vio nacer.
Y seguiremos dando lo mejor, dentro y fuera de nuestra tierra, como dice José Rafael Guzmán: ¡Hasta que sea asombroso!
Y si un día tengo que naufragar
Y el tifón rompe mis velas
Enterrad mi cuerpo cerca del mar
En Venezuela...
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