Cuando nuestro espíritu se encuentra trastornado por la ira, la tristeza o la infelicidad, es común que todo lo que expresamos lleve impregnada esa misma carga. Las personas a nuestro alrededor se ven afectadas por la negatividad de nuestro estado y, sin quererlo, muchas veces salen lastimadas. Sin embargo, en esos momentos es nuestra ira quien habla y actúa, y la ira luego se suaviza y el daño está hecho.
Y entonces llega el momento de doblegar el orgullo. Desde el instante en que nuestros actos se ven gobernados por nuestro estado de ánimo, nos convertimos en seres temperamentales, y la razón deja de estar de nuestro lado.
Es importante aceptar que nuestros errores siempre afectan a quienes nos rodean. Somos seres sociales y, tanto en la felicidad como en la tribulación, solemos contagiar nuestra energía al entorno. Pero nadie tiene la culpa de nuestros sentimientos: nos pertenecen, y solo nosotros tenemos el poder de decidir qué nos afecta y qué no y de regularnos emocionalmente.
Nuestros problemas no tienen por qué convertirse en un mal general.
Una cosa es compartir las dificultades para buscar soluciones, y otra muy distinta es contagiar al entorno con nuestra negatividad. Nunca es tarde para pedir disculpas a las personas que queremos por arrastrarlas a nuestro propio mundo de horror. Todos tenemos problemas… pero nuestras dificultades no tienen por qué convertirse en un virus.
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