No sé qué demonios tienen las noches. Especialmente las noches de domingo, con esa extraña capacidad de consumirme. No sé si es la vibra de la nueva semana, pero siempre, sin excepción, quedo atrapada en mis propios pensamientos. A veces son razonamientos elaborados; otras, simples ideas superfluas. Pero siempre hay algo rondando mi mente, robándome el valioso tiempo con mi añorado Morfeo.
Sería fantástico tener la mente apacible, libre de ideas. Purgar mi cerebro de tanta información es, en este instante, mi concepto de felicidad. Divagar es agotador. En momentos como este quisiera saber más de mi guitarra, para que sus cuerdas ahogaran la cacofonía de pensamientos. Pero, en su defecto, aquí estoy una vez más: vaciando mi espíritu en letras. Quizás, de tanto escribir, algún día surja una respuesta coherente.
Tenía tiempo sin hacerlo, sin espetar por este medio cada idea loca que punza mi materia gris. Olvidaba que parte de la poca cordura que me queda proviene de estos minutos dedicados a la expresión escrita. Esta nota no tiene finalidad alguna. Solo quiero engañarme, intentar demostrarle al órgano que habita en mi cráneo que él no manda, que aún tengo algo de autonomía y que no puede robarme la paz cada vez que se inquieta.
Descansa ya.
Déjame libre.
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