¿Qué pasa cuando ves lugares donde fuiste feliz arrasados por una catástrofe?
Nace un dolor que atraviesa.
Que quita el aliento.
Que eriza la piel.
Que paraliza.
No se trata del edificio donde vivías,
de la plaza donde jugabas,
o del aeropuerto desde donde viajabas.
Esto se transforma en algo mucho más profundo.
Algo que toca la fibra de la identidad.
Es sobre las empanadas que te comiste con tus amigos en La Guaira,
y el calorcito del Caribe que bronceó tu piel.
Es acerca de tu refugio verde,
ahora transformado.
De las oraciones elevadas en la Iglesia de la Plaza Candelaria,
ahora llena de damnificados.
Es sobre ese abrazo que te diste con tu familia
en Maiquetía antes de irte
por última vez.
Toca a la versión de ti mismo que transitó por estas calles.
Que escribió memorias.
Que abrazó.
Que amó.
Que besó.
Que rió.
Que creció.
Que partió.
Son los recuerdos que,
entrelazados,
conforman el mapa de nuestra identidad.
La naturaleza nos recordó,
en unos minutos,
la falsa sensación de permanencia.
Sacudió los cimientos de nuestra memoria.
Vulneró nuestra raíz.
Nuestra biografía.
Hay lugares que ahora solo existen en nuestros recuerdos.
Y es una realidad dolorosa.
Es una fractura,
no solo en la tierra,
sino,
en nuestra historia,
en nuestra intimidad
en nuestro origen
en el lugar que nos escribió.
Palabras poderosas. El dolor no siempre es por un lugar físico, sino por todo lo que vivimos allí y por la parte de nosotros que quedó en esos espacios.
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