¿Estoy dormida o despierta? Todo parece irreal.
Luces como un espejismo. Eres hermosa. Te rodea una gracia épica y virginal. Como una flor impoluta, jamás tocada. Tu mirada evoca la sensación de experiencia, pero ¿cómo puedes tener tantas décadas si luces tan fresca? Tus rojos labios esconden una sonrisa. Tú nívea piel de porcelana refleja los rayos de la luna. Tu cabello de ébano te hace ver feroz y a la vez seductora como una pantera.
¿Cómo es que nadie más te observa? ¿Será que te evitan por envidia? Y, ¿cómo no envidiarte si aún en esa esquina luces radiante y misteriosa?
Aguardas tranquila en tu rincón de soledad. Te observo moverte, acercarte a mí sigilosa. Esperas paciente a darme el beso que decidirá mi suerte. Expectante comienzas tu rito, te encuentras con mis labios que, al tocar los tuyos, dejan de ser míos. ¿Por qué siento esta atracción por tus formas femeninas? ¿Por qué me besas y tus labios me recuerdan a experiencias ya vividas? No eres una desconocida.
Te llevas mi aliento. Poco a poco robas la luz de mis ojos y el rubor de mis mejillas. Me escoltas hacia mi último lecho. Te dedico mi último pensamiento: ¡Tan fría, tan hermosa, tan incomprendida! Se te adjudican tantos pecados, dolores, penas y llantos!
Mi cuerpo empieza a tornarse helado. ¡Por fin ha acabado! Soy un cuerpo sin vida. A la tierra volveré y cultivaré campos de margaritas.
Una lágrima negra tiñe tu rostro. Observas mi cadáver y de nuevo rondan en tu mente las preguntas por siglos no respondidas: ¿Por qué soy tan odiada y temida? ¿Por qué es que no entienden que, sin muerte, no hay vida?
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