En una urbe vestida de gris se observa el movimiento de cadáveres andantes con miradas disipadas. Podría pensarse que su aspecto distraído encierra profundidad, pero en realidad responde a la constante búsqueda de identidad entre deseos fútiles. Como hormigas, transitan por parajes demarcados y olvidan que más allá de los bloques de concreto existe un fuerte natural, imponente y vivo.
¡Tanta vida se ha perdido entre la naturaleza muerta de las construcciones humanas!
Un olor penetrante inunda la ciudad: el olor de lo que está muerto y vacío. Cada día se apagan vidas entre los callejones de esta extraña ciudad de ultratumba. Pero, ¿para qué llorar la muerte de lo que ya ha fallecido? Sus lágrimas de silicón intentan engañar al colectivo. Cada vez se observan menos sonrisas genuinas.
Entre todo lo mate, el cielo sigue siendo azul y la luz continúa con su intensidad, pero sus ojos ya no son capaces de notarlo, porque las almas , en su parsimonioso andar, se dirigen lentamente hacia su propia extinción.
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