Las emociones, y las relaciones en general, son como una aventura en el Kingda Ka de New Jersey: un altibajo vertiginoso de sensaciones que convierte cada decisión en una montaña rusa.
La mayoría somos adictos a la adrenalina que aguarda al llegar a la cúspide. Pero la subida, ese tramo que exige tracción extra y el esfuerzo conjunto de todos los mecanismos, suele ser la parte menos atractiva.
El sabor de lo nuevo siempre es exquisito y tiene el poder de acelerar el pulso.
Pero la magia de lo perdurable está en encontrarle, cada día, un nuevo matiz.
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