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Un átomo en la molécula correcta

Acabo de cumplir 3 años en mi empleo, y quiero hacer una pausa consciente para detenerme a sentir lo que esto realmente significa.

Este camino comenzó como respuesta a una búsqueda activa: un ejercicio de Ikigai. Era el momento de alinear mi pasión con mi misión, y permitir que ambas encontraran su lugar en lo profesional. Pocas cosas me hacen más feliz que ayudar, y es que, en el fondo, estamos destinados a hacerlo. Incluso a nivel biológico, el cerebro libera oxitocina, conocida como la hormona del amor. No es casualidad. Somos seres diseñados para conectar, y el cerebro, sabiamente, crea los mecanismos para que esto sea inevitable y, en cierta medida, hasta adictivo.

Este trabajo es, ante todo, una forma de pertenecer a algo más grande que uno mismo: a un país, a sus comunidades, a quienes trabajan por un futuro más saludable.

Es permitirte ser tocado, una y otra vez, en tu más íntima vulnerabilidad.
Es preguntar desde la curiosidad y escuchar con intención.
Es encontrarte con historias, voces y experiencias de quienes más lo necesitan.
Es sentirte honrado por la confianza que depositan en tu gestión.
Es descubrir una fuente inagotable de inspiración en colegas extraordinarios que lo dan todo en los contextos más desafiantes: conflictos, crisis humanitarias, territorios marcados por la fuerza de la naturaleza y lugares donde la salud, aun siendo un derecho humano, no siempre es accesible.
Es trabajar, todos los días, por un mundo más equitativo.
Es formar parte de un equipo que evoluciona constantemente.
Es mantenerte lo suficientemente abierto y humilde para permitir que esta experiencia te transforme, no solo como profesional, sino como ser humano.
Es ser un átomo dentro de una molécula que responde donde más se necesita.

Hoy hago una pausa intencional para agradecer…
y para reconocer, con una calma que no necesita explicación,
que estoy exactamente donde debo estar.

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