Vivimos interpretando nuestra propia obra teatral.
Tenemos muchos roles, cada uno con matices y actitudes distintas. Pero cuando el telón baja, cuando la música se detiene, cuando ya no existen aplausos ni público, volvemos a ser uno con nosotros mismos.
Sin maquillaje, sin máscaras, sin personajes.
Regresamos a ese estado primigenio que tanto tememos, y por eso nos refugiamos detrás de la compañía, de la rutina o del incesante caudal social.
Olvidamos quiénes somos porque es más cómodo sentirnos parte del colectivo.
Y entonces, cuando la obra termina, sentimos el vacío de saber que detrás del telón permanece, vulnerable e indefenso, el verdadero yo: con defectos, virtudes y oportunidades.
La fea cara de la verdad nos supera con creces…
Al final de la obra, las lágrimas humedecen la pupila, la ira nos invade, la felicidad se desdibuja y aparece la mezquindad que habita en nosotros.
Después de toda la interpretación descubrimos que no existen virtudes ni defectos absolutos.
Solo existe esencia.
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