Entre lo bélico y lo caótico nos encontramos hoy.
La fuerza de la naturaleza se rebela contra sus principales agresores y, mientras tanto, el mundo sigue girando, ajeno a la cantidad de lágrimas, sudor y sangre derramados.
Es cierto que no somos responsables directos de los arrebatos de una naturaleza caprichosa, pero tampoco podemos negar que su furia se ve amplificada por el propio afán del Homo sapiens por moldear el mundo a su antojo. Siempre he pensado que los humanos somos como un virus que se expande e infecta todo lo que toca.
No puedo evitar sentir empatía por el sufrimiento, es inevitable para cualquier ser medianamente sensible, pero lo que más me invade es una inconmensurable lástima por la estupidez humana.
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