Hay una belleza simplemente sublime en transformar la felicidad en presencia silente.
No en algo tan comercial como el high que nos venden las series, los libros o las películas.
Cuando la felicidad se convierte en un susurro.
En la brisa que toca tu piel.
En el perfume que te hace vibrar.
En la música que te transporta.
En el trinar de las aves.
En el café que te energiza por las mañanas.
En la bendición de llenar tus pulmones de aire.
En el calorcito de la más peluda compañía.
En el dolor de los músculos después de ejercitarte.
En el saberte capaz de llegar a casa.
En levantar el teléfono, escribir, y saber que hay personas que contestarán.
La felicidad que habita en la simpleza de la vida y en los micromomentos que cada día nos regala nos vuelve más equilibrados.
Nos convierte en buscadores de paz.
Cuando consigues belleza en lo no dicho.
En los silencios.
En lo cotidiano.
Entonces te vuelves más libre.
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