¿De dónde nacen nuestras heridas?
Algunas son heredadas.
Algunas, propias.
Algunas nacieron en la infancia.
Otras, en la adultez.
Pero tienen algo en común:
automatizan nuestras reacciones.
Instintivas.
Primales.
Y es así como seguimos siendo parte de la cadena del dolor.
Porque, reaccionando desde el dolor,
generamos dolor en otros.
Pero ¿qué sucede cuando buscas sanar?
Cuando ves a tu herida cara a cara,
la escuchas,
entiendes por qué en principio nació,
cuál es su detonante.
Cuando no sólo reconoces la herida,
identificas desde dónde estás reaccionando,
sino que además,
buscas activamente hacerlo distinto.
Entonces,
es ahí,
donde empieza la libertad.
Estás decidiendo, por primera vez,
desaprender para reconfigurarte.
Es un trabajazo.
Vaya que sí lo es.
Pero, al hacerlo, reconoces que esa
herida que parecía un titán colosal,
termina siendo menos aterradora.
Y entonces aparece el regalo:
consigues nuevas formas de vincularte.
Das paso a una versión más libre.
Menos dolorosa.
Más tú.
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