Hace unos pocos días
abracé a mi hermana
en un aeropuerto,
después de días de reír,
de llorar,
de comer,
de hablar,
de disfrutar una película,
de volver a comer,
de mucho café,
de cocinar,
días sencillos de compartir rutina.
abracé a mi hermana
en un aeropuerto,
después de días de reír,
de llorar,
de comer,
de hablar,
de disfrutar una película,
de volver a comer,
de mucho café,
de cocinar,
días sencillos de compartir rutina.
Al final, al menos para mí,
creo que es más especial
que el típico escenario de turismo,
porque aprecias los detalles
sin perderte en el entorno.
Unos rulitos dorados,
unos ojos café,
unas piernas fuertes,
una mente brillante,
un corazón sensible,
una voz en plena transformación.
Un abrazo puede mover algo en ti.
Puede poner piezas en su lugar.
Revelar la profundidad de un lazo.
Dejar un dolor físico en el pecho.
Dar una sensación de frío.
Entender cuánto amas a alguien.
Desde la protección,
desde la complicidad,
desde lo que no se le dice a nadie.
Recuerdo ese abrazo y
lloro.
No porque no ame la vida
que he construido para mí,
porque ¡vaya que la amo!,
sino porque significa
que dejaré,
temporalmente,
de ver cómo te transformas,
mi pequeña mariposa.
La vi de oruga,
la estoy viendo de pupa,
en plena transformación,
y pronto,
muy pronto,
volarás.
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