Retumba la vía con el sonido de decenas de motores.
Elevan la voz.
Se convierten en acción.
Llevan a cuestas agua, alimentos.
Cosas que, generalmente,
damos por sentado.
No lo pensaron dos veces.
Son nuestros venezolanos de a pie,
preparados para remover la tierra,
para reencontrarse con la vida
en la más oscura de las horas.
Este espíritu no sólo habita en ellos.
Está en la señora que preparó sanduchitos para los rescatistas.
En el joven que recibió damnificados en su casa.
En los humanitarios que,
sacudiéndose el dolor,
se abocaron al servicio.
En la familia que adoptó un perrito huérfano,
regalándole un segundo hogar.
En el enfermero que recaudó material médico por su cuenta
y viajó a Tucacas,
porque allá no estaba llegando tanta ayuda.
En la mujer que detuvo todo
y se entregó a liderar un centro de acopio.
En la vecina que regaló agua
aun cuando estaba en duelo.
En el esposo que dijo:
"Yo también puedo sacar personas."
A pesar de que había perdido a todos los suyos.
En el viejito que permaneció entre los escombros de su hogar
hasta encontrar a sus gatas.
En la doñita que sacó sus ahorros
para comprar latitas de atún y medicamentos para donar.
En el locutor que fue a la radio
a pesar de quedarse sin hogar.
Y es que cuando la oscuridad nos envuelve,
son los ciudadanos de a pie
quienes nos levantan.
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