Hay algo muy hermoso en mirar hacia atrás, no desde la nostalgia, sino para darnos cuenta de cuánto camino hemos transitado y percibir nuestra evolución personal.
En los últimos días he estado haciendo un viaje extraordinario y arqueológico a través de algunas de las cosas que he escrito desde que tenía aproximadamente 16 años.
Esas primeras piezas, llenas de inocencia, me hacen sonreír. Es muy lindo ver que buena parte de esa adolescente no se ha perdido, sino que se ha transformado y potenciado. Me llena el corazón reconocerme en ella, saber que muchos de sus valores permanecen y que el paso del tiempo y las vivencias, que a menudo pueden ser agresivas, han dejado impoluta mi fe en la humanidad.
La versión de mis 20s era mucho más apasionada e impulsiva.
Las piezas de esa época eran una avalancha de emociones. Tenía una facilidad enorme para poner punto final a las situaciones. Esa joven podía llegar a ser abrupta… y vaya que tenía opiniones.
Y no es que ahora no sea emocional o que no tenga opiniones. Siempre percibiré el mundo intensamente, porque es mi naturaleza; pero ahora noto que tengo una conciencia distinta de las situaciones y de las personas. Era claro que esa joven mujer estaba en un proceso profundo de autoconocimiento.
Le encontré un extremo sentido a un estudio reciente que extiende la adolescencia hasta los 32 años, porque algo cambia en esa década.
El lóbulo frontal se desarrolla por completo y, de repente, nace en ti un cristal más empático desde el cual ver el mundo.
Los 30s te regalan confianza y entendimiento. Estás más sosegado. Puedes gestionar mejor lo que sientes porque tienes más experiencia. Entiendes, también, que no hay necesidad de responder a todos los estímulos. Callar también es una respuesta.
Comprendes que tener la vida “resuelta” en la adultez es una falacia. Le ves el valor al silencio, a elegir tus espacios, a ser sabio en cuanto a quién te rodea, a seleccionar en qué inviertes tiempo y energía.
Honro a cada versión de mí:
- A la pequeña que amaba los juegos de palabras.
- A la adolescente que era pasión desenfrenada.
- A la joven mujer que encontró su tribu entre amigos y que conoció el amor.
- A la adulta más centrada que se transforma cada día.
Cada una tiene una belleza especial, y me siento muy emocionada por las nuevas etapas que están por venir.
Pues... no habria podido decirlo mejor! Sin duda alguna, tu excavación arqueológica resuena -al menos en mi- un poco de la mía. Y, vaya que el paso del tiempo moldea todo! Somos fósiles que seguimos en proceso de metamorfosis.
ResponderEliminarBrillante Adry!
Siempre una versión Beta en construcción, mi chispita! Somos el proyecto más ambicioso de nuestras vidas!!! Qué bonito encontrar comunión en lo que sale de esta humilde cabecita. Me sudan los ojitos...
Eliminar100%. También con el tiempo aprendemos a desaprender. Nos damos cuenta de que nos enseñaron muchas cosas solo porque era lo normal y rutinario. Después de ese número mágico de los 32 te das cuenta de que empiezas un nuevo camino hacia lo mas básico y normal, donde la paz se encuentra.
ResponderEliminar¡Qué importante desaprender, Soul! Has dado en el clavo. Empiezas a clasificar todo acorde a tu escala personal de valores y a desinstalar aplicaciones que no son para ti. Unas se desinstalan más facilmente que otras... todo un trip. Y el regalo: paz mental.
Eliminar