En días pasados escuchaba un podcast en el que hicieron una pregunta aparentemente sencilla, pero que hizo que bajara al hueco del conejo en Alicia en el País de Las Maravillas:
"¿Cuál ha sido el acto más bondadoso que alguien ha hecho por ti?"
Al principio me dio un poco de pánico. Mi mente no logró identificar una respuesta inmediata. No fue como si se desplegara una larga lista de recuerdos esperando ser elegidos. Por un instante pensé que no sabría qué responder.
Pero la respuesta estaba allí.
Silenciosa.
Esperando.
Me tomó un poco de tiempo encontrarla, pero cuando apareció, lo hizo con una claridad absoluta.
No fue un gran gesto.
No hubo heroísmo.
No hubo una hazaña extraordinaria.
Fue compañía en un momento de inmensa vulnerabilidad.
Y entonces,
mientras me llenaba de agradecimiento,
comprendí algo:
Los actos de bondad que más nos transforman no siempre son los más grandes. A veces son los más sencillos.
Los que pasan desapercibidos.
Los que no buscan reconocimiento.
Prestar atención.
Ofrecer una palabra amable.
Hacerle saber a alguien que es visto.
Acompañar más y juzgar menos.
Convertirse en un lugar seguro.
Escuchar.
Absorber.
Estar.
Parecen cosas pequeñas, pero cambian vidas.
Alimentan espíritus.
Sostienen a las personas cuando más lo necesitan.
No hace falta realizar actos heróicos para dejar una huella profunda en alguien.
Al final, quizá la bondad se parezca mucho a eso:
a saber estar y dejar ser.
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