En días pasados hablaba con un amigo sobre el impacto que su hija menor ha tenido en su vida.
Él me confesaba que se sentía como un padre primerizo.
Protector.
Lleno de magia.
Que incluso después de tener a sus otros hijos más grandes, hasta su esposa le comenta:
"Pero tú estás embelesado como si fueses padre primerizo".
Me habló de lo maravillado que se le queda viendo a su bebé.
De cómo balbucea.
De lo hermosa que se ve cuando duerme.
De la maravilla de descubrir sus propias manos.
Y de la sorpresa que habita detrás de los estímulos del mundo.
No pude más que sonreír.
Tras unos minutos de dejar asentar la belleza de lo que me estaba compartiendo, sentí un click.
Algo hizo sentido en mi cabeza.
Y pude conectar con ese estado.
Me di cuenta de que me pasa lo mismo.
Últimamente he sentido todo,
quizás no más intenso,
sino más pausado.
Más presente.
El ruido ha desaparecido.
Y le respondí:
"Amigo, ¿sabes qué creo que es?
Que la edad nos regala el superpoder de la contemplación".
Nos hace más conscientes del paso del tiempo.
La sabiduría nos hace revalorar lo pequeño.
Lo cotidiano.
Lo simple.
Me doy cuenta ahora que, por primera vez,
estoy realmente viendo.
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